Pagaría por extender esos minutos tibios hacia el infinito y que éstos transformados hubieren sido en indigerible testimonio de lo que esa banca guardará mientras la lluvia no la pudra. No hay necesidad de ingerir algún tipo de sustancia ilícita para ver la fiesta que se armaba dentro de tus pupilas. Me entusiasma contemplar sentada la ebullición sin tomar la taza después. La imagen seria y estoica esconde detrás una consistencia tan elástica y moldeable como un chicle. Podría decir que eres como un Dentyne, o Bigtime, o no sé. Grosso. La menta hizo que mis sentidos se congelaran y mi vista se enfocase en el cielo y las pocas (pero suficientes) estrellas que el mismo nos regaló. Estaba despejadito, ¿lo notaste? Lo dudo, pues estabas demasiado ocupado haciéndome trencitas -licencia que yo no te he dado, por cierto-. Fuerte, fuerte, fuerte. Supongo que el verde no le queda a nadie mejor que a ti, pese a que es uno de los colores que más aversión me provoca. Quería hacer globitos de helio como en los que voló el curita ése, pero dah. Me gusta eso de que puedas aguantar boberías adolescentes que tú jamás pensaste, de esas confusiones hechas a base de carrete + sicotrópicos + delirios de asperger. Soy un estropajo y te ríes de mi innoble condición. ¿MagoPad? ¿Virutex? El lavalozas en esta ocasión no importa. No me interesa limpiar las marcas de historias anteriores, gracias. Hay una distancia enorme entre mis lloriqueos de los diecisiete y el viejazo. Quizás anheles sentirte joven y viril como antaño y por ello busques mi compañía. No obstante, eres poco más que un MentaChicleFuerte y -para mí y mi paladar- eso no es suficiente. Luego de haber probado moras, sandías (viva la vida), strawberries&stuff, mis muelas se cansan de masticar tanto sin tragar, por lo tanto has de quedarte en el umbral aguardando el terremoto que jamás llegará. No hay placas tectónicas en ese micro-cosmos, dear. Y qué pena dejarte con las ganas, pero los años me han despojado de toda consideración hacia el prójimo -nunca tuve complejo de buena samaritana, en todo caso-. Espero que, como tantos otros repartidos por ahí, en el futuro sepas reconocer entre la presa y el cazador. Seguiré jugando hasta que me aburra y te escupa en algún basurero por Vicuña Mackenna (por ahí pasa la 210, para que no te pierdas). Mi existencia ahora tiene splenda y he de tragar médulas como condenada al infierno. Ten cuidado.
*Oh, y antes de que se me escape: no, no soy neo-nazi ni anti-semita ni nada por el estilo. Son expresiones arraigadas en mi vocabulario que no eliminaré a estas alturas, pero nada más. Consideré importante hacer dicha aclaración, para evitar malos entendidos posteriores.
Callaré porque sí
callaré por quienes no quieren oírme
-porque yo no quiero oírme-
callaré por la vida, por la muerte
callaré por tanto la lástima me repugna
callaré porque las lágrimas son saladas y a veces tienen buen sabor
-mostrarlas al mundo es sobre-exposición-
callaré porque son mis fantasmas y de nadie más
callaré porque a nadie le importa
callaré, pues mi voz no fue hecha para recitar lindas palabras ni cantar canciones bonis
-mejor tragar ácido-
callaré porque la herida no quiere hablar
callaré por ti, por mí, por todos
callaré y el sauce reirá en mi nombre
-ojos bien cerrados; abstracción bien abierta-
callaré porque mi oído es demasiado fino. El valor está en escuchar más y parlotear menos
callaré por cuanto mis palabras son estúpidas
callaré en honor a la poca dignidad que conservo
-guardar bajo el colchón no trae frutos-
callaré porque lo oigo todo el tiempo
callaré por tanto así ellos lo han dispuesto
callaré, callaré, callaré.
He de comunicaros que no volverán a escuchar la tortura de la afinación y registro vocal de esta mujer. Se traumó, se taimó y desde ahora será la expresión escrita el lazarillo de su ciega comunicación y capacidad social. Así es la cosa. Quería escribirlo para no decírselo a ellos. Hoy soñaré cosas lindas porque prenderé un incienso -y una vela para que el olor a cigarro no se disperse por toda la casa-. Miraré por la ventana y estoy prácticamente segura que voy a llorar. Bah. Cuando mañana despierte, leeré esta entrada y me reiré tan fuerte como mis estridentes cuerdas vocales me lo permitan. Sufro de olvidos momentáneos -es la droga loquilla quien destruye mis neuronas-, así que arf, consideren todo lo anterior como palabrería vana. Mala, mala onda la mía de dar esperanzas y después retractarme (similar a lo que hace mucha gente hoy en día, cabe mencionar). EEEEEEEEEEN FIN
Que caigan las arañas de la manta, pues quiero enfundarme en ella durante siglos, tanto tiempo que ni siquiera note que éste pasó rozando mis mejillas.
En el sueño, la luz se difumina una vez que la desigual y molesta voz de quien intenta liberar mariposas de la cuadrícula 7 mm quiebra el silencio. Hay un abismo entre ella y el espejo en el que se ve fragmentada en mil pedazos y cada uno de ellos es capaz de cortar armonías, desarmar espacios y deformar la realidad en múltiples volutas de humo. Vapor negro y seco que se come su garganta a cambio de efímera calma otorgada por la nicotina; amarilla paz que se diluye junto con la última brasa por apagarse -no sólo son los cigarrillos quienes se extinguen así de fácil-.
Quiere enmudecer.
La visión es borrada por la culpa, sustancia amarga y viscosa que fluye entre carreteras aún sin pavimentar. Culpa de ser y de no ser, sumada a la vergüenza de cargarse a sí misma cada día, cada hora. Y en cada instante se puede ver en sus ojos el destello de la pataleta que no dejó escapar por temor a que el viento pudiese botarla fuera del camino. ¡Cuánta pena siente al contener el huracán que se cierne bajo sus pestañas! En sus ojos está el ojo que concentra en sí la agonía callada después de un montón de primaveras ya marchitas.
Saberse tan muerta como viva al mismo tiempo es una condena merecida, pero no conquistada. Un caracol se cruzó en el camino, más fracasó en tratar de borrar las marcas de la tragedia que se veía venir. Creer tener la fuerza y facultad de sobrevivir con sus propias garras (que las termitas royen en determinados períodos) suficientes como para igualar la fragilidad que las sombras esconden no es más que la cruz sobre la espalda, fracturando la médula y dejando escapar a su locura por goteo.
“Eli, Eli, ¿metul mah shevaktani?” - Detesto a los judíos. He ahí la causa.
Me imagino el vacío que ha de llenarte en este momento, pero ilusa mía -mi pequeña- ¿tan perdida estaba tu mirada entre la adrenalina de hacer lo políticamente incorrecto que no fuiste capaz de sentir que no estabas sintiendo?
Se va el tren.
Porcupine Tree, “Trains”
“I wanna see it painted, painted black
Black as night, black as coal
I wanna see the sun blotted out from the sky
I wanna see it painted, painted, painted, painted black”
The Rolling Stones
Las puertas rojas y la pintura negra. Detén el vértigo que lleva a la senda hacia donde no hay límites. Necesito palpar notas átonas, ruidos silenciosos que tengan el ritmo de lo que no existe. Vamos, que aún los colores no se han mezclado del todo y el análogo está mansito y nos obedece. Se hizo de noche y sólo hay una luz -la luna ya no es alero de nadie y su lactescencia no es más que el remedo de fantasmas elevados hacia el cielo y más allá-. Las polillas despiertan. Deberíamos seguirles. Eran tan débiles… ¿Puedes oír como ruedan las piedras y se derrumban las paredes, tus paredes? Nada que hacer. Las puertas rojas y la pintura negra.
Vamos, que estos días prometen.
(Que vendría siendo una traducción de “randomness”. Igual no me convence la palabra, pero a Google no se le discute)
Lo primero: Gracias a los inescrupulosos de siempre tengo en mi poder el “Black Symphony” de Within Temptation, el cual pudo haber sido tremendo disco, pero no. Estoy convencida de que podría hacer cosas mejores con una orquesta de tal envergadura y ustedes podrán comprobarlo cuando sea parte del panteón de la materia. Ah, y referido a lo mismo, estoy en espera del ‘attackazo artístico’ que me lleve directo a Amsterdam al concierto VIP de esa gente (claro, como las dotes audiovisuales me sobran…).
Igual es lindo soñar.

Within Temptation feat. Anneke Van Giersbergen, “Somewhere” (Black Symphony)
-esta mujer, pese a no contar con registro lírico ni challa similar, es la única capaz de ponerme la carne de gallina, lo cual ya es un gran mérito-
Las relaciones interpersonales que se creen duraderas no son más que pirita para los bobos y mis cercanos deberían entenderlo así. Cosas pasan siempre y pueden culpar al destino, al genio maligno o a quienes les plazca, pero los efectos serán igual de imperecederos. La vida no es una teleserie en la cual puedes torcerle la mano a lo inevitable y conseguir el anhelado “final feliz”. Creo que están todos demasiado condicionados por la absurda lógica de lo eterno e inmarchitable. Pastilla azul para aquellos, entonces.
No sé qué onda esta masa adolescente que parece desesperada por demostrar conocimientos y profundidad donde no hay más que un vertedero. En los tiempos que corren abunda gente que gusta de adornar su fotolog con un título que seguramente nadie entiende -ojalá una palabra de origen griego cuyas raíces sean lo más complejas como sea posible, es decir, harto acento y una extensión apropiada- y algún verso sacado de proverbia(dot)net. Ah, claro. La imagen, mientras más inconexa sea con el contenido, mejor. Generalmente esta clase de basura que dejó la máquina darwiniana corresponde a dos tribus urbanas en específico: o los emos, o los japan-fan. Con lo anterior no estoy generalizando: ciertamente hay excepciones a la regla -como en todo orden de cosas-, pero aún así he podido constatar en estos días de ocio que hay un patrón de conducta que estos especímenes siguen al pie de la letra. Particularmente recuerdo a mi ex-novio quebrarse cada vez que podía porque en su reproductor musical portátil tenía temas de Beethoven y similares. Nunca supe si él sabía algo más de fugas y sonatas porque lo quería tanto, tanto…
Necesito dinero, mucho dinero. O, en su defecto, talento para oficiarlas de ‘reportera ciudadana’ y poder colarme a eventos puntuales que no me puedo perder aunque Jesús apareciese ahí mismo. Hablo de la celebración del cumpleaños Nº8 de la Rockaxis y el SUE. Con respecto a lo último, he de decir que situación similar ocurrió hace dos años atrás, cuando mi fanatismo por Anathema subía como la espuma y cuando llegó a su clímax, ellos ponen el ojo en esta zona del globo. Como han de suponer, no pude ir a verlos. Ahora ya no es el Doom Metal, sino el Ruockh Alternativo y boni de R.E.M. y The Mars Volta, pero independiente de aquello, no puedo perdérmelos. El problema es que la entrada más barata igual es cara y la ubicación es un asco. Más razones para odiar a este país de mierda.
No conforme con ayunos maratónicos de 30 horas, en mis nudillos nuevamente arden las marcas del sistema y sus vicios. Lo bello es que en esta ocasión los resultados no se han hecho esperar y hoy pude patentarlo frente al espejo. Ya era hora, de todas formas.
Hay un hombre cuyas intenciones para con mi persona no son más que lascivia desatada de quien ya ha vivido lo suficiente como para dejar de experimentar con gente de su edad. Cuenta con veintieternos marzos y no esconde sus fervientes ganas de poder desvirgar a una pendeja enfundada en el jumper medianoclasista e ignorante por antonomasia. Lástima que ya no soy virgen ni (tan) tonta. Si bien mis deseos de una aventurilla pasajera para descargar mi líbido acumulada han quedado en evidencia en este blog, no estoy ni ahí con hacerlo porque sí. No es mi estilo. “Búscate otra más buena, vuélvete a enamorar”, dijo Raffaella.
Neil Diamond y Donovan son la ley. No lo olviden.
¿Por qué a la chusma inconsciente le gusta tanto la pirotecnia de la parada militar e inflar el pecho por entregar a sus hijos al Moloch del despilfarro siendo que esos mismos recursos utilizados para comprar juguetitos de ‘alta tecnología’ (que, por cierto, en el primer mundo ya los dieron de baja hace bastante rato) permitirían costear una operación a la vesícula trabada por FONASA, su tratamiento conducto para esos dientes ultrajados una y otra vez por los químicos del agua del bajo pueblo, e incluso evitar que el primogénito deba convertirse en peón de la rama castrense y cambiar el camuflaje por un delantal blanco?
No fue mi depresión endógena declarada ni el asperger. Todo es culpa del cambio lumínico producto de esta estación que me es tan repulsiva. La bioquímica cerebral que me corresponde no pudo resistirlo y ello desencadenó una serie de eventos que potencian mis padecimientos mentales ya consolidados. Esto me esperanza, puesto que pasará en cualquier momento.
No debo olvidar que entre mis próximas compras estará en prioridad alta-muy altísima una polera de los Rolling Stones. No hay nada más pop y trillado que esa lengua burlona, pero dah. La pintaré de negro.
Y eso. Quería escribir. Alguien debería decirle a pac-man que deje de perseguir desechos y granos de pan integral en mi estómago, porque ya fueron ofrendados a la diosa de porcelana en su momento.
Cosas que hay que anotar por el simple placer de verlas huír de la guillotina mental:
Es un amasijo de sensaciones que (no) experimenté y que -producto de esa nostalgia mamona que me invade de vez en cuando- extraño en sobremanera. Echo de menos sentir aquello que jamás tuve en carne propia. Realmente fue una pena haber perdido dos años de la impagable juventud en función de sucedáneos casi tan asquerosos como ése que se ocupa en los hogares de escasos recursos (como el mío) para aliñar las ensaladas. Me refiero al émulo de lo que mueve, emociona y excita a más personas que Madonna y Jesucristo juntos, es decir, el triste amor; el falso amor, el amor a secas. Supongo que ya se entendió. Cuánta desilusión al notar que esa necesidad inevitable de estar junto a determinado ser no era más que un sub-producto de los desechos que la misantropía congénita elabora en mí. Vi pasar tantas, pero tantas maravillas delante mío y que no pude coger por el sólo hecho de mantener un compromiso, una subyugación voluntaria en nombre de un conjunto de manifestaciones químicas a nivel cerebral que no poseen brillo alguno, que me dan ganas de deshacerme en espasmos epilépticos. Aún así, y como soy masoquista de profesión, no puedo ocultar mis deseos por pertenecer a la mayoría del pueblo que percibe, siente y sufre de manera normal: Enviar cartas diariamente con el único fin de demostrar una preocupación constante -no como una, que sólo las escribía cuando se trataba de evitar desastres nucleares capaces de acabar con Finlandia de un plumazo-, pensarse mutuamente en un corazón ubicado en la esquina de algún cuaderno en vez de anotar o prestar atención a cierta clase, en fin. De todas formas creo que gasto inútilmente mi energía al hablar de esto, pues aún me queda tiempo.
Por otro lado, lo anterior no excluye el hecho de las ganas enormes que tengo de conocer a una persona que rompa con mis esquemas construídos con papel maché, diametralmente opuesta a los que me hoy me rodean. Alguien sano, tanto física como mentalmente (esto último es de suma importancia, por no decir esencial) y que sea capaz de mirar el mundo tan objetivamente como para provocarme desmayos instantáneos al dejarme sin poder decir palabra alguna. El problema es que estos bienaventurados seres suelen ubicarse desde el C1 hacia arriba y para una, orgullosamente del C3 picando a D, son inalcanzables por una cosa de redes sociales ineficientes y de la estratificación, esa enfermedad horrorosa de la que esta sociedad parece padecer con gusto. ¿Quién quiere rescatarme desde el suburbio y subirme a su platillo volador?
Oh, y mirando lo anterior se me viene a la cabeza un texto que leí una vez sobre el exacerbado sexismo que ostenta el idioma castellano. Más razones para amar el país del norte: el suomi es una de las pocas lenguas del mundo capaz de jactarse de no poseer ni una sola palabra que diferencie géneros, sino que para identificar si el objeto es de carácter masculino, femenino, travesti o polisexual se valen de la ingeniosa utilización del sinfín de prefijos y sufijos con los que podrían construír un zigurat en el ártico. Maravilloso.
Ayer, mientras contaba los segundos con mis pestañeos en el estudio fotográfico, noté que me es imposible sonreír con naturalidad. No es un chiste. Cada vez que hacía un amago de felicidad de pastiche en el rostro, una mueca horrible se instalaba sobre mi mentón y, además, mis mejillas temblaban como si fuese el acabóse. Resultados lógicos son los que cualquier persona podría imaginar a sabiendas de lo ya descrito: una expresión dura y algo aburrida, todo esto acentuado por el estoicismo que mi boca gritaba aún estando cerrada.
A veces pienso que no es casualidad el que mi tez -aún siendo oscura según criterios nórdicos- no sea morena como el resto de mi familia, y que por añadidura mi cabello sea de un negro infranqueable, tanto así que hasta parece teñido (ah, también por el estado en el que está, pero eso es otra historia). Fue el genio maligno quién me impulsó a leer a Poe a los cuatro años. Ni siquiera lo entendí, pero algo de subliminalidad debió de haber quedado entre los pliegues de la corteza cerebral. Cuán terrible es notar que los designios externos a la humanidad o la predestinación me impusieron una tribu urbana sin previo consentimiento de mi parte.
Los cigarros marca ‘Latino’ son la salvación para el bolsillo del hijo del obrero. Su desventaja es el sabor a establo que queda en la boca, pero arg, la angustia matinal es más fuerte.
Ahora una no se entera de las calamidades, copuchas, tragedias, dramas o detalles de las azarosas vidas de tus amistades de sus propias bocas. Facebook tiene la exclusiva para darla a conocer en vivo y en directo a todas las pobres almas que componen dicha red social. Así, el ser humano abandona su carácter de gregario tan rápidamente, que su velocidad llega a igualar la alcanzada por la caída libre de las bolsas de N.Y. Veremos si también es capaz de equipararse a la potencia que tendrá el porrazo del sistema en un futuro no tan distante.
Quisiera poder pasar una noche con Mick Jagger -la gente que ha leído ésta y entradas anteriores está en todo su derecho de creer que tengo una gerontofilia candidata a tratamiento, pero en la práctica es todo lo contrario, debo decir (salvo con las estrellas del ruockh, ellos son de otra especie)- y llamarme Angie para ser merecedora de sus notas multicolor y perderme en ellas.
Messenger es una bosta. La tecnología también. En consecuencia, yo vendría siendo una suerte de eschericha coli de la colonia puesto que me surto de ella indiscriminadamente y sin culpa. Los del CERN deberían apurar la causa para que el LHC nos mate luego y la tierra quede libre de sus parásitos.
Lo que sea. Tengo sueño -he pasado de largo dos noches- y un hambre que me devora sin miramientos. Hora de dormir. Saludos a los teletubbies que viven bajo el suelo de Parque Bustamante. Besos con sucralosa para todos.
*Si usted se tragó la patraña del párrafo seis y me cree verdaderamente capaz de sostener una teoría tan enqlenque como esa, considérese estúpido y cometa suicidio tan pronto como le sea posible. Es un consejo, nada más.
En ocasiones soy asaltada por un destello de luz azul y un montón de fantasmas desvelan sus incorpóreas presencias ante mí. He aquí la descripción de uno de ellos.
Le gusta beber café con tanta compulsión como en los días que se ven y se piensan tan lejanos; puedo notarlo por las manchas amarillentas de su dentadura. Mira el techo de concreto durante horas porque el insomnio no permite que el descanso anide en su cabeza blanca. Todas las mañanas se levanta apenas el primer gallo entona sus notas silbando algún bolero de Los Ángeles Negros. En el campo la vida es un déjà vu, como de costumbre. Tiene jaqueca y -según él- cáncer. Decía que podía sentir cómo éste se expandía y ejercía siniestra soberanía en cada célula, cada órgano. Su cuerpo tirita nerviosa y casi imperceptiblemente y en su aliento queda patente la manía que padece por la higiene personal. Ojalá sus descendientes hubiesen heredado dicha cualidad, aunque analizando su caso no sabría si ésa es la denominación correcta para tal conducta. En fin. Cuenta la gente por alimentar y rápidamente calcula la cantidad precisa de leche a ordeñar. Sin duda es una persona muy hábil que tuvo la desgracia de nacer en el lugar equivocado y con cortocircuitos en su mente. Antes de salir es detenido por mi madre, quien le ofrece desayuno con la misma mirada de un niño rogándole a papá que lo cargue en brazos.
- Hay pan amasado, papito -dice ella dirigiéndose al horno, pero su muñeca es firmemente agarrada por una mano cadavérica.
- No tengo hambre, hija -su voz retumba en las paredes de adobe y podría jurar que éstas temblaron. La cianosis del cielo, la neblina y el frío hicieron de ésa escena algo terrorífico. Un mal presagio vagabundeaba entre la bruma y el rocío.
- Abrígate porque anoche hubo una helada terrible -indirectamente ella quería convencerle de no ir a trabajar ese día-. Deberías quedarte en cama un rato más, pues aún estás convaleciente de tus dolores al colon.
- ¡Qué dolores ni nada, mija! -se ríe moviendo la mano con desdén para luego posarla en el hombro de mamá-. Las quejas son para gente decrépita y santiaguinos alharacos como tú. No te preocupes, estaré aquí al almuerzo.
Abre la puerta y se va. Mamá mira a través de la ventana con cierta desconfianza, previendo que algo podría ocurrir. Se lo comenta a mi padre, pero éste es el ser más estúpido que haya pisado el planeta y se burla descaradamente de la paranoia de su esposa. Siempre tuve la suerte de poder observar esta clase de escenas y hasta hoy puedo palpar la frescura resinosa de los óleos que conforman mi galería personal de la desgracia.
Esa noche no volvió, ni la siguiente, ni nunca -al menos por sus propios medios y con vida-. Mamá fue internada producto de la angustia causada por la pérdida. Mis tíos buscaban donde no podían encontrarse ni ellos mismos. La policía hacía las veces de adorno en la dramática postal. Pasó una semana y al fin, entre la espesura de los bosques rurales y la discreción del inmenso monte que guarda con celo los secretos del campo, se encontró un cuerpo irreconocible, oscilando como el péndulo que habría de conducir al hipnótico trance y posterior sueño eterno. Mi curiosidad fue removida al ver un plástico verde rompiendo con la monocromía del paisaje. No fui la única. En esos lugares tan remotos donde nunca pasa nada la atención de la gente es captada ante cualquier evento fuera de la rutina. Eran muchos mirando sabe Dios qué cosa. Mi hermano mayor gritaba y una tía se desplomó sobre tierra lisa, mascando el polvo. Levanté la mirada y nadie hizo intento de impedir mi incursión en la multitud vociferante. No sé si fue la edad o el impacto de lo que pude haber visto ese día, pero el espectro que me visita de vez en cuando sigue teniendo ese rostro afable, casi sin arrugas y con esos ojos azules enormes que me miran con melancolía cada vez que mi llanto se espeja en ellos.
-Aún espero a que, como todas las noches fechadas hace más de catorce años atrás, me peines o me retes por jugar con tu bastón sin permiso o te rías al oír mis lecturas-
Me pregunto si esta clase de quimeras conservarán sus memorias luego de haber cruzado la línea. Me cuestiono si alguien sería capaz de responder a lo anterior y me auto-contesto con un ‘no’ que corta el aire y se traga mi último suspiro.
So,
So you think you can tell
Heaven from Hell,
Blue skies from pain
Can you tell a green field
From a cold steel rail?
A smile from a veil?
Do you think you can tell?
Did they get you to trade
Your heroes for ghosts?
Hot ashes for trees?
Hot air for a cool breeze?
Cold comfort for change?
Did you exchange
A walk on part in the war
For a lead role in a cage?
How I wish, how I wish you were here
We’re just two lost souls
Swimming in a fish bowl,
Year after year,
Running over the same old ground.
What have we found?
The same old fears
Wish you were here
*Pink Floyd, “Wish You Were Here”
No. La mugre que no se limpia de inmediato acaba secándose y después es imposible de sacar. No lo hizo el tiempo, ni la magia, cloro, Vanish poder O2, las lágrimas, pasos peatonales, el exilio… Entonces, ¿qué me hizo pensar que esta clase de comportamiento podría lograr la tan ansiada pulcritud?
Argh. Cuánto me duele darme cuenta que soy tan -o quizás más- humana (emo [?]) como aquellos que desprecio.
Detesto septiembre y su clima bipolar (curioso. Antes era mi mes favorito), sus árboles dando la bienvenida al equinoccio, las flores -y la consiguiente alergia que éstas provocan-, las lluvias express y todo, en verdad. No se merece las diez letras que componen su nombre. Ok, me estoy desviando en función de explicar banalidades urdidas por mi déficit atencional que se hace cada vez más presente en todas mis actividades. El punto es que en este mes generalmente las crisis de angustia que no tuve durante el año me pasan la cuenta y vienen todas en fila a cobrar venganza. Mis hormonas son una montaña rusa y me juegan malas pasadas. Hace unos días en el colegio no aguanté y exploté en ríos salados que sólo pudieron ser contenidos por otros ríos algo más turbios y espesos. No entraré en detalles porque espero que se haya entendido todo con la frase anterior. No me gusta dejar en evidencia mis debilidades, menos delante de esa gente. Y no, no es que las odie ni nada, pero siempre soy la primera en criticar a aquellos que no tienen empacho en mostrar sus sentimientos a diestra y siniestra, y el episodio que acabo de narrar claramente incurre en una inconsecuencia de mi parte. Jesus Christ.
Lo peor es ir caminando por la calle y verlos a todos pegados a otra persona como siameses. Es esa maldita dependencia auto-fabricada la que me pone de los nervios. No, no es envidia, es frustración al ver como la raza humana es capaz de caer tan bajo en nombre de algo que no existe. Los románticos empedernidos son para mí tan patéticos como un fundamentalista musulmán o un científico del CERN. El único fin por el que querría estar tomada de la mano de algún espécimen y pasear por campos enfrutillados de soneto Beatle sería el vértigo de una aventurilla casual, ojalá sexual. Necesito de forma urgente liberar tensiones mediante el acto, y es triste igual porque oportunidades siempre hay, pero soy tan selectiva y quisquillosa que las he visto pasar delante mío sin poder sentirme atraída como así lo deseo. En fin, supongo que seguiré viviendo en base a la auto-satisfacción, Scarlett Johansson y una cerveza.
No todo es tan malo. Debo rescatar el hecho de que la cannabis sativa se da de manera espectacular en esta temporada, por lo tanto bajará su precio y aumentará la oferta. Debo flotar.