Malas Noticias


Sin título
Septiembre 17, 2008, 4:25 AM
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En ocasiones soy asaltada por un destello de luz azul y un montón de fantasmas desvelan sus incorpóreas presencias ante mí. He aquí la descripción de uno de ellos.

Le gusta beber café con tanta compulsión como en los días que se ven y se piensan tan lejanos; puedo notarlo por las manchas amarillentas de su dentadura. Mira el techo de concreto durante horas porque el insomnio no permite que el descanso anide en su cabeza blanca. Todas las mañanas se levanta apenas el primer gallo entona sus notas silbando algún bolero de Los Ángeles Negros. En el campo la vida es un déjà vu, como de costumbre. Tiene jaqueca y -según él- cáncer. Decía que podía sentir cómo éste se expandía y ejercía siniestra soberanía en cada célula, cada órgano. Su cuerpo tirita nerviosa y casi imperceptiblemente y en su aliento queda patente la manía que padece por la higiene personal. Ojalá sus descendientes hubiesen heredado dicha cualidad, aunque analizando su caso no sabría si ésa es la denominación correcta para tal conducta. En fin. Cuenta la gente por alimentar y rápidamente calcula la cantidad precisa de leche a ordeñar. Sin duda es una persona muy hábil que tuvo la desgracia de nacer en el lugar equivocado y con cortocircuitos en su mente. Antes de salir es detenido por mi madre, quien le ofrece desayuno con la misma mirada de un niño rogándole a papá que lo cargue en brazos.

- Hay pan amasado, papito -dice ella dirigiéndose al horno, pero su muñeca es firmemente agarrada por una mano cadavérica.
- No tengo hambre, hija -su voz retumba en las paredes de adobe y podría jurar que éstas temblaron. La cianosis del cielo, la neblina y el frío hicieron de ésa escena algo terrorífico. Un mal presagio vagabundeaba entre la bruma y el rocío.
- Abrígate porque anoche hubo una helada terrible -indirectamente ella quería convencerle de no ir a trabajar ese día-. Deberías quedarte en cama un rato más, pues aún estás convaleciente de tus dolores al colon.
- ¡Qué dolores ni nada, mija! -se ríe moviendo la mano con desdén para luego posarla en el hombro de mamá-. Las quejas son para gente decrépita y santiaguinos alharacos como tú. No te preocupes, estaré aquí al almuerzo.

Abre la puerta y se va. Mamá mira a través de la ventana con cierta desconfianza, previendo que algo podría ocurrir. Se lo comenta a mi padre, pero éste es el ser más estúpido que haya pisado el planeta y se burla descaradamente de la paranoia de su esposa. Siempre tuve la suerte de poder observar esta clase de escenas y hasta hoy puedo palpar la frescura resinosa de los óleos que conforman mi galería personal de la desgracia.
Esa noche no volvió, ni la siguiente, ni nunca -al menos por sus propios medios y con vida-. Mamá fue internada producto de la angustia causada por la pérdida. Mis tíos buscaban donde no podían encontrarse ni ellos mismos. La policía hacía las veces de adorno en la dramática postal. Pasó una semana y al fin, entre la espesura de los bosques rurales y la discreción del inmenso monte que guarda con celo los secretos del campo, se encontró un cuerpo irreconocible, oscilando como el péndulo que habría de conducir al hipnótico trance y posterior sueño eterno. Mi curiosidad fue removida al ver un plástico verde rompiendo con la monocromía del paisaje. No fui la única. En esos lugares tan remotos donde nunca pasa nada la atención de la gente es captada ante cualquier evento fuera de la rutina. Eran muchos mirando sabe Dios qué cosa. Mi hermano mayor gritaba y una tía se desplomó sobre tierra lisa, mascando el polvo. Levanté la mirada y nadie hizo intento de impedir mi incursión en la multitud vociferante. No sé si fue la edad o el impacto de lo que pude haber visto ese día, pero el espectro que me visita de vez en cuando sigue teniendo ese rostro afable, casi sin arrugas y con esos ojos azules enormes que me miran con melancolía cada vez que mi llanto se espeja en ellos.
-Aún espero a que, como todas las noches fechadas hace más de catorce años atrás, me peines o me retes por jugar con tu bastón sin permiso o te rías al oír mis lecturas-

Me pregunto si esta clase de quimeras conservarán sus memorias luego de haber cruzado la línea. Me cuestiono si alguien sería capaz de responder a lo anterior y me auto-contesto con un ‘no’ que corta el aire y se traga mi último suspiro.


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