Callaré porque sí
callaré por quienes no quieren oírme
-porque yo no quiero oírme-
callaré por la vida, por la muerte
callaré por tanto la lástima me repugna
callaré porque las lágrimas son saladas y a veces tienen buen sabor
-mostrarlas al mundo es sobre-exposición-
callaré porque son mis fantasmas y de nadie más
callaré porque a nadie le importa
callaré, pues mi voz no fue hecha para recitar lindas palabras ni cantar canciones bonis
-mejor tragar ácido-
callaré porque la herida no quiere hablar
callaré por ti, por mí, por todos
callaré y el sauce reirá en mi nombre
-ojos bien cerrados; abstracción bien abierta-
callaré porque mi oído es demasiado fino. El valor está en escuchar más y parlotear menos
callaré por cuanto mis palabras son estúpidas
callaré en honor a la poca dignidad que conservo
-guardar bajo el colchón no trae frutos-
callaré porque lo oigo todo el tiempo
callaré por tanto así ellos lo han dispuesto
callaré, callaré, callaré.
He de comunicaros que no volverán a escuchar la tortura de la afinación y registro vocal de esta mujer. Se traumó, se taimó y desde ahora será la expresión escrita el lazarillo de su ciega comunicación y capacidad social. Así es la cosa. Quería escribirlo para no decírselo a ellos. Hoy soñaré cosas lindas porque prenderé un incienso -y una vela para que el olor a cigarro no se disperse por toda la casa-. Miraré por la ventana y estoy prácticamente segura que voy a llorar. Bah. Cuando mañana despierte, leeré esta entrada y me reiré tan fuerte como mis estridentes cuerdas vocales me lo permitan. Sufro de olvidos momentáneos -es la droga loquilla quien destruye mis neuronas-, así que arf, consideren todo lo anterior como palabrería vana. Mala, mala onda la mía de dar esperanzas y después retractarme (similar a lo que hace mucha gente hoy en día, cabe mencionar). EEEEEEEEEEN FIN
Que caigan las arañas de la manta, pues quiero enfundarme en ella durante siglos, tanto tiempo que ni siquiera note que éste pasó rozando mis mejillas.
En el sueño, la luz se difumina una vez que la desigual y molesta voz de quien intenta liberar mariposas de la cuadrícula 7 mm quiebra el silencio. Hay un abismo entre ella y el espejo en el que se ve fragmentada en mil pedazos y cada uno de ellos es capaz de cortar armonías, desarmar espacios y deformar la realidad en múltiples volutas de humo. Vapor negro y seco que se come su garganta a cambio de efímera calma otorgada por la nicotina; amarilla paz que se diluye junto con la última brasa por apagarse -no sólo son los cigarrillos quienes se extinguen así de fácil-.
Quiere enmudecer.
La visión es borrada por la culpa, sustancia amarga y viscosa que fluye entre carreteras aún sin pavimentar. Culpa de ser y de no ser, sumada a la vergüenza de cargarse a sí misma cada día, cada hora. Y en cada instante se puede ver en sus ojos el destello de la pataleta que no dejó escapar por temor a que el viento pudiese botarla fuera del camino. ¡Cuánta pena siente al contener el huracán que se cierne bajo sus pestañas! En sus ojos está el ojo que concentra en sí la agonía callada después de un montón de primaveras ya marchitas.
Saberse tan muerta como viva al mismo tiempo es una condena merecida, pero no conquistada. Un caracol se cruzó en el camino, más fracasó en tratar de borrar las marcas de la tragedia que se veía venir. Creer tener la fuerza y facultad de sobrevivir con sus propias garras (que las termitas royen en determinados períodos) suficientes como para igualar la fragilidad que las sombras esconden no es más que la cruz sobre la espalda, fracturando la médula y dejando escapar a su locura por goteo.
“Eli, Eli, ¿metul mah shevaktani?” - Detesto a los judíos. He ahí la causa.