A veces visualizo las estrellas espiralizadas y pastosas, suaves al tacto; e imagino campos de trigo (y paf! nació chocapic) manchados por el negro de los cuervos que escapan de mi boca. Me cae bien Van Gogh, como que estamos en la misma frecuencia, aunque él sintonice tres metros bajo tierra y aún más, porque la geografía neerlandesa igual es freak. De repente, cuando recuerdo que el óleo nunca fue mi especialidad, me da por pretender que mi vida es una película, que la música del mp3 es el OST y que en todo momento hay cámaras filmando las escenas que hacen mis pies -sí, como ese cuento que ganó algún lugar alguna vez en el Santiago en 100 Palabras-; que no muy lejos de mí y al otro lado de la pantalla hay un cine a oscuras, repleto, con una vieja secándose las lágrimas con Elite, un tipo aburrido lanzándole cabritas a los espectadores que se encuentran delante suyo y en la última fila, quizás, alguna mina chupándosela a su novio, amparados por la oscuridad y soledad que existe en ese lugar. Y empiezo a pensar según montajes o flashbacks, me pilla la nostalgia de sorpresa y elijo cuidadosa y masoquistamente aquellas canciones en las que Tarja parece aullar como si se le hubiese muerto la mamá para orquestar tales cuadros. Lamentablemente, éstos perduran aún días después de que el delirio cinematográfico haya cesado. Entonces, el olor a ajo se pasa con perejil y Alejandra Vidal se hace de mi conciencia. Por suerte en mi casa no hay nafta, sino ése final trascendería las fronteras de papel para pasar a ocupar páginas y páginas en la crónica policial.
A veces me da lata justificar mis accesos de rabia y angustia, y los asaltos de las temporadas anteriores disfrazándolos de estupideces como las de arriba ilustradas, y me dan ganas de tapar en chuchás a quien se me cruce por delante. Lo bueno es que las relaciones entre mi padre y yo han tomado otro cariz y ahora cuantifica el cariño que me profesa en razón de los cigarrillos que puede darme, y aún no se inventa algo más relajante y con tal capacidad de provocar sendas dispersiones mentales. Así que, permiso, voy a fragmentarme para dejar de sentir.