Y aquí estoy yo con mis piernas flacas, mis brazos flacos, mis dedos famélicos y el notepad, discutiendo sobre lo provechoso que sería dejar el celular ahí tirado en el suelo como muerto, como yo. Lo único que le falta es tener su silueta demarcada con tiza – de tiza era tu corazón, cuando te cantaba “… ojos de papel” y no te dabas ni cuenta porque nunca aprendiste a leerme la mente como lo hacías con el resto -a Dios, gracias-. Pienso que si el temor infundido por mi figura no hubiese sido directamente proporcional a la prepotencia de mi lenguaje el cuento estaría siendo contado de otra manera (seguramente desde los labios de una narradora bonita con voz de sirena), pero qué pude hacer, si la geografía de bosques negros y espesos, repleto de piedras y a los pies de una cordillera que jamás debió estar ahí junto con el altiplano circundante no tiene mucho que ofrecerte. Me conformaba con verte, con pensar en una incondicionalidad que sólo existía en mi mente, pero que me tranquilizaba de vez en cuando. Aún en las agendas de larga data ya existen alusiones a tu persona. Esto nunca fue espontáneo y no sabes cuánto me complica, puesto que todos mis actos se han caracterizado por una escandalosa falta de meditación. Dormía como cocodrilo sin agua, mientras sus crías se dedicaban a morder cuanta criatura se acercase al charco. Ahora estas lejos, tan lejos que ni mis suspiros te alcanzarían; y no entiendo la manía tuya de embarcarte en ese bote viejo justo cuando sabes que la tormenta te empuja en la fila. Yo que siempre admiré tu aversión al riesgo, yo que hice de la audiofilia un derecho y un deber. Yo podía -por ti- transfigurarme en un pozo profundo, muy profundo. Tanto así que tus secretos aún no dejan de caer. Yo, yo, yo… (Holi, luctuosas son las noches que han de venir, mas no para quien ya dibujó su camino al oriente y se dirige al sol. Brillarás con tanta fuerza, que esperaré ansiosa el día que te hastíes y ardas para siempre. Mientras, pintaré de azul las costras y así las cicatrices queloides me recordarán siempre tu desgracia. Diciembre es el mes. Feliz navidad, próspero año nuevo. Hermosos amaneceres te esperan, pero es prudente que huyas de las tardes porque pendencieras son. No te gustan las batallas. Sé que sabes que yo lo sé y sé que no te importa, porque has hecho de tu ego una vaca sagrada. Tampoco te gustan las vacas. Yo solía mugir para hacerte enojar. Soy súper auto-referente y es natural que te hayas aburrido tan pronto. ¿Por qué tan pronto? Mandonear es mi razón de ser y podría retenerte hasta el fin de los tiempos y Jesús me llame a su gloria, pero no tengo tu cadena, se me perdió, es decir, tu nunca estuviste atada a ella hasta ahora. Tómate una chela en mi nombre. Dos, tres, veinte… yo aún espero a contar ovejas en burbujeante pipí -¿recuerdas que le dimos esa característica cuando comenzamos a dejar de ser inteligentes? Cuando yo me creía Layne Staley y tú eras la guitarra y chillabas y yo ponía cara de depresión [todo un desafío, ya que era fácil su elucubración, pero de ejecución difícil como los demonios] y rawr! Yo quiero morir como él cantando “I Stay Away”, pues es súper mata-pasiones tenerla con repeat en el reproductor de medios y no sentirla como la siente el hard-disk y la placa madre. No sé, podría ser ahora, pero soy tan cobarde y es tan cobarde tenerte de causa cuando siempre fuiste efecto. Dah. Fin de la transmisión-, pero ahora Stalin toma Coca-Cola Zero -¿te conté que quiere dejar de engordar?- y ve Caso Cerrado a la vez que le pide a San Antonio que le mande un novio y a la Santa Sara que estés detrás del monitor para cuando la paloma binaria te mande la cartita. Debe ser bacán despertar en la mediomañanatardealmuerzo y sentirse mutuamente el sabor de los dientes sucios, el de esos fluidos tan poco nobles y el olor a sueño y cacha intensificado por las ventanas cerradas. Ah, y la sal. Ya, chao. Atentamente. Anónimo)