Necesitamos correr, correr muy rápido para huir de aquellas blancas que caen lentamente desde grandes trozos de algodón. La tormenta trajo consigo la orquesta, pero éstas no pueden encajar en compases enrevesados, sin patas ni cabeza. No obstante, en estas instancias, ¿quién precisa de alguna?. Cuando el insomnio me ataca me despersonalizo, me desdoblo y me veo hecha una mancha de agua en cerámica limpia, como clara de huevo. Ego Solus Ipse.
Esto lo he vivido un millón de veces antes, tal vez desde una carreta o una locomotora. Son las mismas estaciones, paraderos, peajes, haciendas, señoríos, feudos, marcas, condados. Tendré que nacer de nuevo un millón de veces más para aprender la mecánica de tus pasos, o de los que ya fueron -los míos ya los conozco y sé que son dirigidos por la secuencia de Fibonacci y la teoría de la probabilidad-. Es la misma savia derretida, los restos de tulipanes ardiendo en lenguas mezcladas. Recorro los caminos guardados por aromas familiares y hago germinar la semilla de la permanencia para que jamás se vayan. La manía de fijar con scotch los pasajes indigestos acabarán por redimirme después de tanta locura sufrida y gozada. Soy Dios con mayúscula, así como lo fui ayer, hace una semana y al menos un segundo cada día. Y Dios no siente, Dios no ama por más que los evangélicos con megáfono así lo griten desde la avenida. La falta de sueño me permite redecorar el pasado y robarle el tiempo. Tiempo que gasté en pedir ayuda y luego ahogarme en tus ojos, sin embargo cuando me hago la desentendida es porque justamente entendí todo y es divertido reírse después al verme dando tumbos y vueltas elípticas -aparentemente- sin sentido.
Ha pasado mucho rato desde que tengo conciencia de la caducidad de las cosas y esto me hace ínfima, pero a la vez infinitamente feliz. Aprendí sobre los viajes a pie en grandes alamedas, en micro, hacia el refugio de la viuda, a la nada y ahora puedo dar cada paso con la seguridad de estar en conocimiento del suelo que piso. No importa cuanto llore después, pues siempre las cosas volverán a su lugar antes de la guerra -no digo “paz” porque dicho término acarrea el aburrimiento del que tanto abjuré- y gracias a la memoria puedo aspirar y drogarme una y otra vez con el aire de mis pueblos fantasmas.
Necesitamos quedarnos quietos y hacer oídos sordos a las bocinas para poder hallar el instante preciso en el que nuestros idiomas sintonicen. Y no me importa que la señal sea tan inestable, pues ahí está la gracia. Después puedo guardarte en la caja cuantas veces lo desee, cuantas veces me aburra de jugar a pretender.
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